jueves, 15 de enero de 2015

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

En su delicioso libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks nos cuenta el estremecedor caso de un hombre sin memoria. Bueno, no es exactamente así. Jimmie G. sí tenía memoria, pero hasta una fecha concreta (1945) y ninguna desde esa fecha hasta 1975, cuando fue tratado por el doctor Sacks.
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Jimmie era una persona simpática, muy dispuesta a hablar y a contestar cualquier pregunta que le hiciesen. En una primera entrevista dijo su nombre, su fecha de nacimiento y el nombre del pueblecito de Connecticut donde había nacido. Lo describió con amoroso detalle y habló de las casas donde había vivido su familia, incluso aún recordaba sus números de teléfono. Habló de la escuela y de su época de escolar, de los amigos que había tenido y de su época en la Marina, cuando lo reclutaron en 1943. Pero sus recuerdos, por alguna razón, se paraban ahí. Recordaba, y casi revivía, sus tiempos de guerra y de servicio militar, el final de la guerra, y sus proyectos para el futuro. 
Pero, curiosamente, al llegar a 1945 cambió el uso del pasado por el presente.
«- ¿En qué año estamos, señor G. ? —pregunté, ocultando mi perplejidad con una actitud despreocupada.
- En cuál vamos a estar, en el cuarenta y cinco. ¿Por qué me lo pregunta?
- Y usted, Jimmie ¿qué edad tiene?
Su actitud era extraña, insegura, vaciló un instante. Parecía estar haciendo cálculos.
- Bueno, creo que diecinueve, doctor. Los próximos que cumpla serán veinte.
Al mirar a aquel hombre de pelo canoso que tenía ante mí, tuve un impulso que nunca me he perdonado...
- Mire —dije, y empujé hacia él un espejo—. Mírese al espejo y dígame lo que ve. ¿Es ese que lo mira desde el espejo un muchacho de diecinueve años?
Palideció de pronto, se aferró a los lados de la silla.
- Dios Santo —cuchicheó—. Dios mío, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué me ha sucedido? ¿Será una pesadilla? ¿Estoy loco? ¿Es una broma?
Parecía frenético, aterrado.
- No se preocupe, Jimmie —dije tranquilizándolo—. Es sólo un error. No hay por qué preocuparse. ¡Venga!
Lo llevé junto a la ventana.
- Verdad que es un maravilloso día de primavera —le dije—. ¿Ve aquellos chicos que hay allí jugando al béisbol?
Recuperó el color y empezó a sonreír y yo me escabullí llevándome aquel espejo odioso.
Volví dos minutos después. Jimmie aún seguía junto a la ventana, mirando muy contento a los chicos que jugaban al béisbol abajo. Se volvió cuando abrí la puerta y su expresión era alegre.
- ¡Hola, doctor! —dijo— ¡Bonita mañana! Quiere usted hablar conmigo... ¿Me siento en esta silla?
No había indicio alguno de reconocimiento en su expresión franca y abierta.
- ¿No nos hemos visto antes, señor G. ? —pregunté despreocupadamente.
- No, que yo sepa. Menuda barba que tiene. ¡A usted no lo olvidaría, doctor!
- ¿Por qué me llama doctor?
- Bueno, lo es usted, ¿no?
- Sí, pero si no nos hemos visto antes, ¿cómo sabe que lo soy?
- Es que usted habla como un médico. Se ve que es un médico.
- Bueno, tiene usted razón, lo soy. Soy el neurólogo de aquí.
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-¿Neurólogo? Vaya, ¿tengo algún problema nervioso? Y dice usted «aquí»... ¿dónde estamos? ¿qué es este lugar?
-Precisamente iba a preguntárselo yo... ¿dónde cree usted que está?¿Se acuerda de que me habló de su infancia, de que se crió en Connecticut, de que trabajó como radiotelegrafista en submarinos?
Sí, sí, tiene usted razón en lo que dice. Pero eso no se lo conté yo, no le había visto a usted en mi vida. Debe haber leído cosas de mí en mi ficha.
- Está bien —dije—. Le contaré una historia. Un individuo fue a ver a su médico quejándose de que tenía fallos de memoria. El médico le hizo unas cuantas preguntas de rutina y luego le dijo: «Y esos fallos de la memoria, ¿qué me dice de ellos?» «¿Qué fallos?», contestó el paciente.
- Así que ése es mi problema —dijo Jimmie, echándose a reír—. Ya me parecía a mí. A veces se me olvidan cosas, de vez en cuando... cosas que acaban de pasar. Sin embargo el pasado lo recuerdo claramente.
«Está, digamos», escribí en mis notas, «aislado en un momento solitario del yo, con un foso o laguna de olvido alrededor... Es un hombre sin pasado (ni futuro), atrapado en un instante sin sentido que cambia sin cesar».
Hume escribió que «no somos más que un amasijo o colección de sensaciones diversas, que se suceden unas a otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un movimiento y en un flujo perennes». En cierto modo Jimmie había quedado reducido a un yo «humeano», a un hombre limitado  a ser un flujo continuo, un mero cambio de presentes desconectados, incoherentes.

Sacks, Oliver: El Hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Barcelona, Anagrama, 2004.

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